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2 abril, 2025

El impacto geopolítico de la transición energética: ¿Está cambiando el poder global?

El mundo atraviesa una transformación energética sin precedentes. La transición desde combustibles fósiles hacia energías renovables no solo representa un cambio tecnológico, sino también una reconfiguración del poder económico y político a nivel global. Este proceso está alterando las relaciones internacionales, debilitando a algunos actores tradicionales —como los grandes exportadores de petróleo— y empoderando a otros que controlan recursos y tecnologías clave para la energía del futuro.

Durante más de un siglo, el petróleo, el gas y el carbón fueron la base de la economía global y del poder geopolítico. Países como Arabia Saudita, Rusia e Irán consolidaron su influencia gracias a sus vastas reservas de hidrocarburos. Sin embargo, la transición hacia fuentes limpias está modificando ese panorama. Con compromisos internacionales como el Acuerdo de París y el crecimiento de tecnologías renovables, organismos como la Agencia Internacional de Energía proyectan que el consumo global de petróleo podría alcanzar su punto máximo antes de 2030, debilitando el poder de los actores tradicionales.

En este nuevo escenario, emergen otros protagonistas. China lidera globalmente la producción de paneles solares (más del 80%) y baterías de ion-litio (más del 60%), además de controlar gran parte del refinado de minerales críticos como el cobalto y las tierras raras. América Latina también gana terreno con el “triángulo del litio” —Argentina, Bolivia y Chile— que concentra cerca del 60% de las reservas mundiales. Mientras tanto, EE.UU. y la Unión Europea lanzan planes como el Inflation Reduction Act y el Green Deal, buscando atraer inversión y reducir su dependencia de China.

No obstante, esta transformación implica nuevos riesgos. La concentración de minerales estratégicos podría generar tensiones similares a las del petróleo. También existe el peligro de una brecha tecnológica entre países industrializados y en desarrollo, además de conflictos sociales por la explotación de recursos, especialmente en regiones vulnerables. La transición no solo es energética: es económica, política y social.

Frente a esto, surgen tres posibles rutas: una cooperación internacional que facilite una transición justa; un nacionalismo energético que genere tensiones y barreras comerciales; o una nueva hegemonía tecnológica dominada por quienes controlen las cadenas de suministro de energías limpias. El mapa energético global se está redibujando, y con él, el equilibrio del poder mundial.

La transición energética no es solo un cambio técnico: es una transformación profunda de la arquitectura del poder global. Los países que comprendan esta dinámica e inviertan estratégicamente en energías limpias y promuevan alianzas sostenibles serán los líderes del siglo XXI. Comprender esta transición no solo es clave para la política internacional, sino también para los modelos económicos, industriales y ambientales que definirán nuestro futuro.

karla flores

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